La historia suele ser una maestra implacable para quienes deciden ignorarla. Una de sus lecciones más importantes proviene de un personaje poco conocido fuera de los círculos académicos: Cayo Marcio Coriolano, militar romano cuya historia fue recogida por Tito Livio, Plutarco y Shakespeare.
Coriolano fue un héroe de guerra. Había defendido a Roma con valentía y obtenido importantes victorias militares. Sin embargo, tenía un defecto fatal para cualquier dirigente político: despreciaba al pueblo. Consideraba que escuchar las demandas populares era una señal de debilidad y que la autoridad debía imponerse antes que construirse.
Cuando una grave crisis económica golpeó a Roma y el hambre comenzó a extenderse entre la población, Coriolano propuso que el Estado distribuyera alimentos solamente si los ciudadanos renunciaban a parte de sus derechos políticos.
En lugar de tender puentes, levantó muros. En lugar de generar confianza, profundizó el conflicto.
El resultado fue predecible. La población terminó expulsándolo de Roma. Herido en su orgullo, Coriolano hizo algo todavía más grave: se alió con los enemigos de la República y marchó contra la ciudad que había jurado defender.
La historia de Coriolano no trata solamente sobre la arrogancia de un hombre. Trata sobre el fracaso de una dirigencia incapaz de comprender que la estabilidad política depende tanto de la autoridad como de la legitimidad.
Bolivia atraviesa hoy una situación que guarda algunas semejanzas inquietantes. La conflictividad se prolonga, la incertidumbre económica crece, la polarización se profundiza y la población observa con preocupación el deterioro de la convivencia social. En momentos así, el deber principal de cualquier gobierno no es ganar una disputa política ni derrotar a sus adversarios. Es generar certidumbre.
Los ciudadanos necesitan saber hacia dónde se dirige el país. Necesitan señales claras sobre el abastecimiento, la economía, la seguridad y la estabilidad institucional. Necesitan percibir que existe una conducción política capaz de anticipar los problemas y no solamente reaccionar ante ellos.
Sin embargo, una de las principales debilidades de la actual coyuntura es precisamente la ausencia de una estrategia visible para reconstruir la confianza colectiva. Las respuestas suelen concentrarse en administrar la crisis inmediata, mientras la incertidumbre continúa creciendo.
La experiencia histórica demuestra que los conflictos prolongados producen efectos que van mucho más allá de sus causas originales.
Cuando las personas dejan de confiar en las instituciones, comienzan a buscar respuestas en la confrontación. Cuando desaparece la esperanza de una solución dialogada, gana espacio la lógica del enfrentamiento permanente.
El problema no es únicamente económico o político, sino también es emocional y simbólico. Las sociedades necesitan certezas para convivir.
Por eso, la tarea más urgente del Estado no debería ser demostrar quién tiene la razón. Debería ser construir las condiciones para que los bolivianos puedan volver a reconocerse como parte de una comunidad.
Coriolano creyó que podía gobernar desde la imposición y el desprecio hacia quienes pensaban diferente. La historia demostró que estaba equivocado.
Los pueblos pueden tolerar dificultades económicas, conflictos políticos e incluso errores de sus gobernantes. Lo que rara vez toleran es la sensación de abandono.
Bolivia necesita liderazgo, pero también escucha.
Necesita autoridad, pero también diálogo.
Necesita decisiones firmes, pero sobre todo una visión capaz de devolver certidumbre a una sociedad que observa con creciente preocupación cómo la crisis se prolonga sin que aparezca un horizonte claro de solución.
Porque cuando un gobierno deja de construir confianza, la incertidumbre termina gobernando en su lugar. Y ningún país puede construir paz duradera bajo el mando de la incertidumbre.


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