Más allá de los bloqueos: la verdadera crisis de Bolivia

Quienes observan la crisis boliviana creen que el problema son los bloqueos, la inflación, la pugna entre líderes o la creciente polarización. Se equivocan. Esos son apenas los síntomas. La enfermedad es más profunda: la ruptura del pacto político que permitió la estabilidad del Estado durante las últimas décadas.

‎En el análisis que hace Maquiavelo en su obra Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio sostiene que las repúblicas no mueren por el conflicto. Mueren cuando dejan de transformar el conflicto en instituciones, acuerdos y leyes capaces de renovar el cuerpo político. Roma no fue grande porque evitó las disputas entre el pueblo y los poderosos; fue grande porque convirtió esas tensiones en una fuente de fortaleza y libertad. 

‎Bolivia enfrenta hoy una situación distinta. Los conflictos ya no producen reformas. Producen parálisis. Los actores políticos han dejado de pensar en el Estado y se han concentrado exclusivamente en la disputa por el poder.

‎El bloque popular atraviesa una crisis de dirección histórica. Durante años logró construir una narrativa nacional capaz de integrar a sectores indígenas, campesinos, obreros y urbanos. Sin embargo, las divisiones internas han debilitado su capacidad de representar un proyecto colectivo. La lucha entre caudillos ha reemplazado la construcción de un horizonte común. Ningún movimiento popular puede sobrevivir mucho tiempo cuando sus principales energías se consumen en disputas internas.

‎La oposición, por su parte, tampoco ha estado a la altura de las circunstancias. Gran parte de la derecha boliviana sigue apostando a que el desgaste gubernamental le entregue el poder por inercia. Es un error. Las crisis no se resuelven esperando el fracaso del adversario. Se resuelven construyendo una alternativa creíble. Gobernar exige algo más que denunciar; exige proponer.

‎El empresariado cruceño también debe revisar su papel. Ninguna economía prospera en un escenario de confrontación permanente. La defensa legítima de sus intereses no puede confundirse con una estrategia de veto constante al Estado. Tampoco el Estado puede seguir viendo al sector privado como un adversario permanente. Los países exitosos construyen alianzas productivas; los países estancados convierten cada diferencia económica en una batalla política.

‎Pero existe una responsabilidad aún mayor. Las élites políticas, económicas y sociales han olvidado una enseñanza fundamental de Roma: cuando la República entra en una etapa de deterioro, es necesario volver a sus principios fundacionales.

‎¿Cuáles son esos principios en Bolivia? Podemos decir que en la última etapa que se ha tenido mayor estabilidad, desde la recuperación de la democracia, fue: la inclusión social, la democracia intercultural, la convivencia entre regiones, la participación popular y la búsqueda de acuerdos mínimos para preservar la unidad nacional.

‎Ningún sector podrá imponer por sí solo una salida a la crisis. Ni el gobierno, ni la oposición, ni los movimientos sociales, ni los empresarios. Quien imagine una victoria absoluta probablemente terminará provocando una derrota colectiva.

‎La salida exige una nueva arquitectura política basada en tres pilares: diálogo efectivo, pacto económico nacional y renovación del liderazgo. Bolivia necesita menos caudillos y más estadistas; menos cálculo electoral y más visión de largo plazo.

‎Roma enseñó que los pueblos pueden sobrevivir a guerras, conflictos y crisis económicas. Lo que no sobreviven es a la incapacidad de sus dirigentes para pensar más allá de sus intereses inmediatos.

‎La pregunta que enfrenta Bolivia no es quién ganará está y la próxima disputa política. La verdadera pregunta es si sus actores tendrán la grandeza suficiente para salvar el Estado boliviano antes de que la población decida prescindir de ellos.

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